Y heme aquí, al abrazo del frío
de septiembre (no solía ser tan frío este
mes, ¿o me lo parece?), pensando en vos, en cómo estarás, sintiendo el
tiempo pasar lenta, lentamente, dándole cuerda al recuerdo. Cierro los ojos y
me abandono.
Camino en una obscuridad
espesa, la intermitencia de una luz minúscula va guiando mi camino, un brillo
cansino que me transporta de aquí para allá, y voy siguiéndole de pie, a gatas
o a rastras. Llegados a cierto punto del camino, la luz me abandona a mi
suerte, y a tientas palpo una superficie fría y lisa, como el cristal. La luciérnaga
vuelve, seguida de un enjambre, y dóciles se posan en el tejado de la estancia,
quieren ayudarme a ver. Es un salón de espejos, cientos, miles de espejos en
los que me veo multiplicado, pero, ¡momento! Aunque todos los reflejos
comparten mi fisonomía, cada uno de ellos parece tener vida propia.
Centro mi vista en el espejo
más inmediato y descubro cómo en el fondo del mismo, mi memoria hace de las
suyas y se reanima, atizándome el recuerdo. Y ahí te veo a vos, serena, perdida
en tus pensamientos, mordiéndote los labios con los incisivos, pensando,
pensando (¿en tu pasado con él? ¿En el
presente conmigo/sin mí? ¿En el futuro?), y yo a tu lado, absorto en vos,
con el corazón en la mano, sintiéndome desfallecer. Se detiene la recordación y
torno a otra.
Es de noche, estamos en la
banca de un parque, vos llorás y yo te contemplo, y siento en mis adentros esa
agonía que te carcome, y aunque mis ojos se guarden, mi interior agoniza con
vos y llora, y por el llanto se forma un charco, una laguna, un mar, un océano,
y navegamos, y un remolino nos succiona y nos trae al presente, y ahora no sos
vos la que llora, sino yo, y no me consolás.
Uno a uno recorro los espejos
con la mirada, y luego de haberlos visto todos, revientan en un estruendo de
vidrios rotos, y los cristales se me hienden en la piel, hondo, hondo. Vos te
vas, a veces volvés, pero siempre te vas, y aunque suelo permanecer incólume,
como el faro ante la embestida de las olas, cada embate resquebraja algo dentro
de mí, pero tarde o temprano terminaré cediendo, y quedaré sepultado bajo las
olas. Decime, querida mía, si acaso me desmorono, ¿velarás mi recuerdo? ¿Me
extrañarás un poco?
Prometeo fue encadenado al Cáucaso, mientras un águila le roía el hígado… per
secula seculorum.
2 comentarios:
No seré tu querida pero siempre estaré para vos, amigo mío :).
Sos querida, amiga, y mucho.
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