viernes, 23 de septiembre de 2011

Dándole cuerda al recuerdo

Y heme aquí, al abrazo del frío de septiembre (no solía ser tan frío este mes, ¿o me lo parece?), pensando en vos, en cómo estarás, sintiendo el tiempo pasar lenta, lentamente, dándole cuerda al recuerdo. Cierro los ojos y me abandono.

Camino en una obscuridad espesa, la intermitencia de una luz minúscula va guiando mi camino, un brillo cansino que me transporta de aquí para allá, y voy siguiéndole de pie, a gatas o a rastras. Llegados a cierto punto del camino, la luz me abandona a mi suerte, y a tientas palpo una superficie fría y lisa, como el cristal. La luciérnaga vuelve, seguida de un enjambre, y dóciles se posan en el tejado de la estancia, quieren ayudarme a ver. Es un salón de espejos, cientos, miles de espejos en los que me veo multiplicado, pero, ¡momento! Aunque todos los reflejos comparten mi fisonomía, cada uno de ellos parece tener vida propia.

Centro mi vista en el espejo más inmediato y descubro cómo en el fondo del mismo, mi memoria hace de las suyas y se reanima, atizándome el recuerdo. Y ahí te veo a vos, serena, perdida en tus pensamientos, mordiéndote los labios con los incisivos, pensando, pensando (¿en tu pasado con él? ¿En el presente conmigo/sin mí? ¿En el futuro?), y yo a tu lado, absorto en vos, con el corazón en la mano, sintiéndome desfallecer. Se detiene la recordación y torno a otra.

Es de noche, estamos en la banca de un parque, vos llorás y yo te contemplo, y siento en mis adentros esa agonía que te carcome, y aunque mis ojos se guarden, mi interior agoniza con vos y llora, y por el llanto se forma un charco, una laguna, un mar, un océano, y navegamos, y un remolino nos succiona y nos trae al presente, y ahora no sos vos la que llora, sino yo, y no me consolás.

Uno a uno recorro los espejos con la mirada, y luego de haberlos visto todos, revientan en un estruendo de vidrios rotos, y los cristales se me hienden en la piel, hondo, hondo. Vos te vas, a veces volvés, pero siempre te vas, y aunque suelo permanecer incólume, como el faro ante la embestida de las olas, cada embate resquebraja algo dentro de mí, pero tarde o temprano terminaré cediendo, y quedaré sepultado bajo las olas. Decime, querida mía, si acaso me desmorono, ¿velarás mi recuerdo? ¿Me extrañarás un poco?

Prometeo fue encadenado al Cáucaso, mientras un águila le roía el hígado… per secula seculorum.



La imagen es de aquí.

2 comentarios:

Hikaru dijo...

No seré tu querida pero siempre estaré para vos, amigo mío :).

Pedro dijo...

Sos querida, amiga, y mucho.