Y renuncié, tomé valor para presentar la carta, mentada carta, esa carta breve e impersonal hasta cierto punto, un tanto fría, un tanto melancólica, un tanto angustiada. Por la premura con que fue escrita y por los requerimientos que tal caso merecía, la carta no daba cuenta de las vivencias que tuve, del conocimiento que adquirí, pues se reducía a una minúscula exposición de los hechos que me habían impelido a marcharme y un lacónico agradecimiento (pero en verdad muy hondo). Semanas atrás había estado dándole vueltas sobre sí mismo a un pabilo, una hebra delgadísima de color pálido, hasta que se convirtió en un ovillo que me ocupaba toda la palma de la mano. En un instante de descuido, el hilo se me enroscó al brazo y me apretó fuerte, era su violenta manera de decirme “¡aquí estoy, no te hagás el loco!”, era el afectado reclamo de un preso que clama por libertad, así se enredan a uno los sueños que cree tirados en los sótanos de la memoria.
Ahora parado al borde del acantilado, me lanzo en caída libre, velocidad de vértigo, psicodelia de luciérnagas borrachas, David Bowman en un túnel de neón, el disfraz humano rasgándose en pedazos, naturaleza volátil, el aire mordiéndome las alas, arrancándome las plumas, ahora un impulso insospechado, un tímido batir de alas, un vuelo, un vuelo en solitario.
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