Y sin decir más se voló la cabeza. Uno esperaría escuchar la explosión habitual y el reguero de tejidos, pero no hubo explosión ni reguero, solo un murmullo de pájaros en desbandada. Nunca, ni en las fantasías más insólitas, me había encontrado ante una escena como la que acababa de presenciar. Ahí estaban el cañón del arma aún humeando, el cascabillo recién disparado, el autor-víctima, y yo con mueca de imbécil ante el montón de plumas revoloteando en el aire. El eco del disparo aún vibraba, se confundía con el murmullo incesante de los pájaros inquietos, la escena del autohomicidio se repetía una y otra vez ante mis pupilas endurecidas. El cadáver se estremecía con torpeza de pájaro, chillaba con voz de pájaro, se revolvía e intentaba aletear con sus brazos emplumados, como queriendo escapar del abrazo de la muerte, pero no alcanzó a alzar vuelo de nuevo.
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