Roatán, Honduras
A kilómetros de mi raíz, varado en una isla en medio del océano, es inevitable que no me sienta como Ulises.
A diferencia del célebre navegante, no he tenido que sortear mayores peligros; aquí no hay Escila y Caribdis, ni caníbales ni Circes.
Aquí hay un cielo tupido de nubes que revientan de agua, el constante oleaje de un mar verdoso que lame las playas de arena blanca, un centenar de palmeras que se mecen al viento y una fresca brisa cargada de esencias marinas. Pero estoy rodeado de un infierno verde, uno salvaje, donde las hojas y las enredaderas se agitan en llamas de clorofila, incendiando las costas; dicen los caracoles que el sol fue engullido por una serpiente emplumada que deambula por los aires.
La noche es inmensa y redonda, como el interior del caparazón de la tortuga de los mitos; las chicharras y los sapos conversan en lenguas ininteligibles y los cangrejos salen de sus guaridas en las riberas, armados hasta las pinzas. En medio de la oscuridad susurro al mar mis penas y me las devuelve hechas trizas. Estoy como Ulises, hirviendo de nostalgia.
Este montón de huesos tristes añoran su abrazo, el calor de sus manos, el laberinto de su cabellera oscura e infinita. Voy deshilando los días para hacer un ovillo de recuerdos que me mantengan a flote en medio de la tormenta.
Recuerdo una frase que escribí hace años, también en el extranjero: "Cuando uno está lejos de lo que se ama, eso que se ama, se ama más".
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