Constantemente me recrimino el hecho de no dedicarle tiempo a esta habitación. Muchas cosas han cambiado: cuerpos, colores, fragancias, aunque muchos de ellos ya no están, un considerable número continúa ingrávido en este lugar invadido de moho, desafiando al tiempo, al espacio, a Dios, a quién sea, como mudos testigos de un pasado que busca salvarse a sí mismo de la carcoma del olvido, porque contra ése ¿quién?
Me pongo nostálgico en invierno, bueno, más nostálgico de lo usual. Recuerdo haber hallado un poema de Luis Alfredo Arango, poeta de Totonicapán, hace unos meses atrás. Hubiese querido leerlo en un medio físico, fetichista que es uno, para ver cómo se llovían las letras, una a una, goteando, arreciando, empapándolo todo.
Antes que llueva
Presiento
o sé que lloverá mañana.
El día
disminuye intensamente,
resecado.
No
tengo los años que tenía la última vez
que me
llovió en mi pueblo.
Tengo
más.
Los he
vivido solamente
para
contarlos y contarlo.
Digo
que lloverá mañana
y antes
quiero mencionar la calle
del año
en que nací:
Cantón
Agua Caliente, 18.5.35.
Supongo
que a veces se me miran las costuras,
el
talpetate, el pan con queso en mi bolsón de párvulo.
Cuando
llueve me salen tamarindos en la cola.
El agua
se me sube a la banqueta
y me
dan ganas de quebrarle la cintura.
Me
pongo tierno, sentimental.
Me
gustan los aleros;
las
piedras que en mitad de la corriente
sirven
para que salten los niños,
las
mujeres con canastos
y los
hombres que regresan del trabajo.
Me
gusta el fuego cariñoso,
los
trapos extendidos,
los
respaldos de las sillas.
Persigo
y atrapo las palabras que zumban,
vuelan,
vienen hacia mí;
que
tienen alitas de cebolla,
de tela
de buche de marimba.
Palabras,
grillos y luciérnagas,
escarabajos
que chocan en mi lámpara.
(Mihuiro
dice que los escarabajos son aviones;
helicópteros;
y si él lo dice!…)
Presiento
que mañana lloverá.
Conozco
las señales.
Comienzo
a deshilarme
y voy
dejando rastros
y sé que
se me miran las costuras
y la
sed
y el
talpetate.
Luis Alfredo Arango
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