Alto, semáforo en rojo, detenemos nuestro movimiento. Un hombre cuyo rostro presenta una rara enfermedad, elefantiasis, avanza por entre la maraña de vehículos extendiendo su diestra frente a las ventanillas, buscando paliativos para su económica crisis. La gente lo observa, un nudo se forma en sus gargantas, suben las ventanillas mecánicamente, hacen caso omiso de los ojos del menesteroso que pasa a su lado, sueltan un suspiro vano, y dicen para sí: "Probrecito, que bueno que no soy yo".

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