martes, 30 de marzo de 2010

El ateo

Por las laberínticas calles de un pueblo costero camina un hombre, sus facciones son graves y su pelo entrecano, moreno de piel, alucinados sus ojos. Al caminar arrastra los pies, se tambalea, sus ojos no se apartan del cielo nublado, recorre calles y avenidas a un ritmo pasmado, melancólico, ajeno a lo que pasa alrededor, embelesado en lo gris de allá arriba.

Los curiosos le siguen y otean a los puntos que ellos creen que el hombre observa, pero no hay coordenada exacta que les sirva de referencia, cualquier intento de descubrir qué es eso que le obsesiona ha sido inútil. Intentan abordarle pero no habla, y creen que tampoco escucha, a él sólo le importa el cielo.

Hoy lo encontraron en la plaza central, en el atrio de la iglesia. Por unos segundos apartó la vista del cielo y observó a la gente que se había reunido tras de sí, de su boca fruncida se desató el nudo y dijo: “No, allí tampoco está.” Bajó la mirada y se quedó observando el suelo.

Desde entonces no se ha movido.

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