Caminaba con prisa, ensimismado, perdido en sus cavilaciones. En principio trotando, acelerando poco a poco el paso, evadiendo a los transeúntes. Su madre le había persignado antes de salir, luego de haberle dado el dinero justo para la transacción que había de propiciar en breves instantes.
Se detuvo unos segundos frente a la vitrina de la panadería, donde molletes, franceses, champurradas y demás, inspiraban el hambre del que observara. El trueque estaba hecho, los cinco quetzales se habían transformado en una surtida bolsa de pan. Una sonrisa le iluminó el rostro, salió del lugar y al llegar a la esquina se detuvo de nuevo.
Un niño harapiento observaba atento el pan. Se le hizo un nudo el corazón, metió la mano en la bolsa, un mollete cambió de manos.
El hambre estaba aniquilada, al menos por hoy.
04042010
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